Por Inma Peña
Hace dos semanas decidí comprarme un puzle y hacerlo en casa. Tenía guardada una vieja tabla fina de madera y decidí aprovecharla para crear un nuevo cuadro y decorar otra pared de mi casa. Así que yo, fan incondicional de los puzles gigantes (hobby heredado de familia), navegué por internet en busca del ansiado cuadro. Y aunque algo ya había oído, me encontré con una misión casi imposible: la mayor parte de los puzles de todas mis tiendas favoritas especializadas en Madrid estaban agotados.

Aún así, obcecada en mi misión y de pura casualidad, encontré el cuadro de mis sueños; una pintura de la Place du Tertre, o “plaza de los pintores”, de Montmartre, que conocí y me fascinó en mi viaje a París de hace dos años.

Inma Peña

Días después, comentándolo con una amiga, me informó de que la venta de puzles en España se había triplicado desde la declaración del estado de alarma. Y es que, ya sea en familia o en solitario, es una actividad perfecta para olvidarse del reloj y dejar las horas del día pasar. Si cuenta con el don de la paciencia, claro, y no es de esas personas que se ofuscan cuando no encuentran una pieza. Supongo que esa es la clave: no centrarse única y exclusivamente en una pieza, si no fijar y retener la imagen en la mente. Es ver una pieza y saber exactamente en qué parte del cuadro va situada, de saber clasificar las piezas por colores y tener clara la diferencia entre azul vaquero, azul marino, azul pizarra, cobalto, índigo o lapislázuli, si es que la hay.

Supongo que hay que tener un don para hacer puzzles y no terminar lanzando las fichas contra la pared, o contra alguien, si te desespera mucho. Es el don de ver las cosas con perspectiva, de saber que no todo es blanco o negro, ni azul o rojo, y que hay muchos matices en una misma historia, siendo conscientes de que no hay una única verdad.
Es el ejercicio también del periodista, el de saber que una misma historia tiene varias versiones y que ambas pueden ser válidas, mientras sepamos convergerlas. Es en los momentos difíciles, como los que estamos viviendo, cuando debemos saber ver esa realidad con los infinitos matices que pueda tener.

Y la verdad es que la realidad nos ha hecho a todos enfrentarnos al mismo miedo, lo que a su vez nos ha unido para combatirlo juntos. Es ahora cuando las empresas están mostrando su lado más solidario, cuando vemos que los números importan, pero no tanto como la vida de las personas.

No sólo las empresas han dejado de fabricar sus productos habituales para iniciar la producción de EPIs y material sanitario. Muchos individuales, personas de a pie -madres, abuelos y vecinos- están aprovechando su tiempo libre para coser y fabricar manualmente mascarillas, batas y pantallas protectoras.

Muchos hoteles han ofrecido sus habitaciones e instalaciones a familiares de enfermos y sanitarios que están en el frente luchando contra la pandemia. Varios establecimientos ofrecen comida gratuita a los transportistas que mantienen la cadena de abastecimiento. Y nosotros luchamos contra la pandemia quedándonos en casa.
Todos, desde las empresas, los autónomos, los sanitarios, las farmacias, el Ejército y la Unidad Militar de Emergencias, los servicios funerarios, los transportistas, los repartidores, los supermercados, hasta los pequeños comercios de alimentación y productos básicos, los profesores que mantienen su docencia online y los periodistas -y pido perdón si olvido algún esencial- somos esas pequeñas piezas del gran puzle de la realidad española que estamos componiendo entre todos.