Inma Peña
Inma Peña

Por Inma Peña

La semana pasada iba de camino a una reunión importante y trascendental cuando, al llegar al encuentro, tras un breve saludo de mi anfitrión y ya en el ascensor, en ese espacio de seguridad y margen de la ley donde la conversación más habitual es sobre la meteorología del día, me suelta: “este fin de semana quiero ir de rebajas, a ver si encuentro algún traje de marca en descuento”. Cómo sería mi expresión de sorpresa que, sin darme opción a responder, me adelantó: “ya, pensarás que soy un presumido”. Y el caso es que, aunque obviamente le respondí con un “no, claro que no”, la anécdota se quedó bien grabada en mi cabeza.¿Alguna vez ha pensado cuál es su nivel de sofisticación? Desde mi punto de vista, considero que el nivel de sofisticación y exquisitez en algunos tipos de personas puede llegar a ser insospechado. Todos -repito, todos-, hasta los más inseguros de sí mismos, somos presumidos y sofisticados. A nuestra manera, lo somos. Ya sea con nuestro físico, con nuestro estilo, con el trabajo o con nuestra vida familiar o social. A todos nos gusta presumir de algo. Y no es malo, que conste. Es una manera estupenda de valorar aquello que tenemos.

En este mundo digital y artificial nos vestimos para gustar, al de enfrente y a nosotros mismos o para crear un personaje, lo seamos o no. Nos gusta ir a sitios espectaculares, con grandes ventanales y extensas vistas. Nos gusta que nos atiendan nada más entrar por la puerta, que nos recojan el abrigo y nos traten cual reyes llegados de Oriente. Nos gusta que nos ubiquen en la mejor mesa y nos deslumbren con los más exóticos cócteles.

Pero, ¿qué sería de todo esto si luego no lo podemos contar a nuestros amigos/conocidos? Imagínense, de nuevo, que van a un restaurante donde todos sus sueños se hacen realidad. Hasta el más mínimo de detalle está pensado para usted. Pero que, después de salir por la puerta, no ha podido hacer ni una fotografía del local, ni de la maravillosa comida que le sirvieron, ni puede contárselo con pelos y señales a nadie. Qué faena, ¿verdad? ¿Me entiende ahora cuando le digo que a todo el mundo nos gusta presumir?

Supongo que lo que nos diferencia a las personas en este sentido es el nivel de sofisticación de cada uno. Yo me conformo, por ejemplo, con que me sirvan una cerveza bien fría en mi chiringuito preferido del paseo marítimo de mi querida Málaga. Súmele unas patatas de bolsa, si lo prefiere. Con eso me doy por satisfecha. Sin embargo, he de reconocer que siempre me han atraído las personas con un nivel de sofisticación muy elevado al mío. Más que atracción, interés. Puro interés por saber qué sienten, si se sienten distinguidas y exclusivas, como los productos que catan.

Este número de Bonus está dedicado a la sofisticación. A esos productos que podemos incluir en nuestro día a día o, si lo preferimos, reservarlos para momentos especiales. Aunque como defendía Coco Chanel, cualquier día es bueno para beber champagne.