Todavía me acuerdo de aquella tarde de diciembre que fui con mi madre a La Mallorquina. Era la primera vez que visitaba la histórica pastelería, vecina perenne de la Puerta del Sol, donde reconocidos escritores, alcaldes, ministros y hasta reyes se habían dado cita alguna vez en la historia de España.

Nada más entrar al salón de la primera planta, rebosante de clientes, un matrimonio se levantaba del balcón principal. “Siéntense aquí. Las vistas son espectaculares”, nos invitó la pareja. No nos lo pensamos. Era el mejor sitio, sin duda, de todo el local.

La decoración de los años 60, el traqueteo de tazas y cubiertos subidos por las escaleras de los camareros, y las continuas charlas animadas de los clientes que se turnaban para contar sus peripecias a sus acompañantes, daban al salón un clima de continua excitación. Al otro lado de la ventana, el imperial árbol de Navidad, rodeado de turistas, se vislumbraba a través del vaho del cristal, frente a la transitada Puerta del Sol.

El olor del café recién servido, acompañado de los mejores dulces y pasteles de la capital, me hacía imaginarme la presencia allí conmigo de un Rubén Darío, como ministro del gobierno de Nicaragüa; de un Pérez Galdós muy joven, acompañado por sus inseparables amigos también poetas y dramaturgos Nicolás Estévanez y José Plácido Sansón; e incluso del gran Pío Baroja, iniciado en las tertulias en los cafés por su padre.

Éstos, entre otros muchos escritores como José Echegaray, Francisco Silvela, Gómez de la Serna, o el Premio Nobel de literatura Juan Ramón Jiménez, fueron asiduos protagonistas de la historia de La Mallorquina, que este año cumple 125 años.

Fundada en 1894 por los mallorquines Balaguer, Coll y Ripoll, y recuperada años después por dos familias de comerciantes: Quiroga y Gallo, La Mallorquina se ha convertido hoy en día en símbolo de identidad del Madrid castizo, de finales del S.XIX hasta mediados del S.XX.

Conscientes de su importancia histórica, a día de hoy La Mallorquina afronta el S.XXI de la mano de la tercera generación de las familias Quiroga y Gallo, conservando la esencia de los inicios sin renunciar a los nuevos tiempos para mejorar día a día.

Por ello, y para atender a la gran demanda de visitantes que pasan por este emblemático lugar todos los días, especialmente en fechas señaladas como la Navidad, La Mallorquina ha abierto otras dos pastelerías en Madrid; información que podrán encontrar más adelante en las páginas de Bonus.

La elaboración diaria, y absolutamente artesanal de sus pasteles hacen de La Mallorquina un sitio ideal para pasar las tardes frías de invierno, ya sea acompañado de un café o un té.

Su ambiente, que todavía se respira bohemio tras años y años de historia, alienta a las mentes más despiertas a seguir creando, a seguir reuniendo a filósofos, poetas y políticos en torno a una mesa. Un lugar histórico y, sin duda, encantador, donde pasar una agradable tarde. Solo o en compañía. Como gusten.

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Por Inma Peña