Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… Hasta doce personas he contado que van utilizando su teléfono móvil en el vagón del metro. Cuatro de ellas llevan auriculares, así que entiendo que están escuchando música o viendo algún vídeo mientras van de camino al trabajo. El resto van dejando pasar el dedo por la pantalla, probablemente revisando alguna red social o leyendo alguna conversación.

Yo también soy de las que suelo tener el móvil a mano. Y a mano es… a mano. Literalmente al lado de mi mano izquierda mientras escribo esto. Todos los días cojo el metro para ir al trabajo y no todos los días llevo mi libro encima (son 15 minutos de trayecto y entre parada y parada apenas leo), así que muchos días aprovecho esos 15 minutos para conocer la actualidad o ver si tengo algún correo del día anterior. Pero, a pesar de estar de vez en cuando en la inopia, soy muy observadora -defecto de profesión- y disfruto sabiendo en qué ocupan los demás su tiempo libre.

Algunos de ellos sólo escuchan música mientras que, con la vista al frente, van dejando pasar las paradas hasta llegar a la suya. Otros, escudriñan la pantalla leyendo alguna noticia de interés y otros cuantos -cuando no es la mayoría- aporrean frenéticamente su móvil con los dos pulgares mientras esperan una respuesta al otro lado del teléfono.

Y es que vivimos en un mundo totalmente digitalizado. Vivimos tan conectados los unos a los otros que no nos damos cuenta del aislamiento cada vez mayor al que nos estamos sometiendo nosotros mismos y que incluso nos hace ser inconscientes ante un peligro inminente.

El otro día leía la noticia de la bebé que estuvo a punto de caer al hueco de una escalera en Colombia mientras su madre hablaba por el móvil. Se soltó de la mano de su madre y en tres segundos estaba desapareciendo entre los barrotes de la escalera. No se asusten, el vídeo termina con final feliz. La madre alargó el brazo en el último momento y pudo agarrar a la niña. Sin embargo, en el vídeo de seguridad que captó las imágenes llama poderosamente la atención que la madre no soltó el móvil hasta el último momento.

Es maravilloso poder mantener una conversación diaria con alguien en Australia o hacer una videollamada desde cuatro puntos distintos de España en tiempo real. Las tecnologías nos han dado tanto y tan rápido que no hemos sabido adaptarlas a nuestras necesidades. Y las relaciones sociales se incluyen aquí.

Si hace 30 años lo normal para socializar era hablar con el vecino, con el de la frutería o con el de la parada del autobús, hoy en día es muy difícil ver cómo dos desconocidos se paran a charlar. Más todavía si vive en una ciudad grande. Hemos perdido, o no nos han enseñado, la buena costumbre de saludar al entrar en un local.

Ahora todos nos relacionamos en la burbuja digital donde vivimos pendientes de si le ha llegado mi mensaje, si hay doble check azul o no me ha contestado. Y ¡qué estrés! Déjenme ir a mi ritmo. Mi día perfecto sería levantarme con el despertar de los pájaros. Ni alarmas ni recordatorios de citas con médicos o dentistas. Ir a trabajar en autobús o andando y disfrutar de los días soleados. Que el conductor del autobús me sonría cada vez que le digo buenos días (porque mira que es difícil que en Madrid lo haga alguno) y que al salir de trabajar contara con doce horas más para leer, asistir a exposiciones, visitar museos y cenar con amigos. Y, finalmente, poder dormir ocho horas seguidas a pata suelta. Aunque para hacer todo esto tendría que contar con 24 horas más al día, claro está.

En Bonus nos gusta el tú a tú, el relacionarnos y el vernos las caras aun estando a cientos de kilómetros. Y si bien estamos atentos a cómo la tecnología va cambiando nuestras vidas y lo apoyamos, siempre defenderemos el sentarnos en una terraza a disfrutar del buen tiempo. Eso que no nos lo quiten. Y más si es con Bonus delante.

¡Descarga el número de Julio de Bonus!

Por Inma Peña