Somos humanos. Casi todos. Y perros. Vagos, digo. Pocos conozco que les encante trabajar. Y es que eso de doblar el lomo, si fuera bueno, no pagarían por ello. Además, bien pagá sólo hay una, la de Miguel de Molina. Los y las demás consideramos que nos merecemos más. Así, nos pasamos la vida recitando, como chanchitos mal cenados, letanías como “esto no está pagao”, “no vale la pena”, “en cuanto pueda lo dejo”, “qué ganas tengo de jubilarme”, “un día cojo un camino…” y diversas similares profundas reflexiones. Estas actitudes son más acusadas unos días que otros. Los ánimos se tensan especialmente los lunes. Todo es estomagante y todos nos caen mal. Los “buenos días” saben a provocación y la conversación a agresión inmisericorde. Los lunes, para algunos, son insoportables, sobre todo cuando queda por delante una semana dura, intensa, de esas de cinco días laborables, que las hay. Cuando la semana tiene o ha tenido festivos, es… peor. Estamos ante los temidos súper lunes. Si se acerca o se aleja, por ejemplo, la Semana Santa, ya estamos, en ambos casos, más allí que aquí. Y los días de trabajo, previos o posteriores, son más insufribles. Cuando volvemos de las vacaciones, ni les cuento. Por ley, esos días tras las fiestas, debería permitirse arrancar la actividad muy poquito a poco. Nuestra tendencia es a la inercia. A la tumbona y el cachondeo nos acostumbramos al instante. Hemos nacido para eso. A lo de retomar la actividad… como que ya si acaso mañana, si eso.

Y no pasa nada. Como decía Martirio, al trabajo se debería ir a divertirse y a descansar. Y eso, que les pueda parecer tan disparatado, es perfectamente conseguible si los que tienen influencia sobre el ambiente general, los jefes, para que me entiendan, no se permiten el lujo de llegar al curro culpando a los pobre compis de todos los males de su mundo mundial. Todos hemos sufrido mucho. Quedarnos para cada cual nuestra porción de mal genio debería ser norma básica. Cuando nos toca soportar los aspavientos de otros, se desencadena una traca de mal ambiente que puede llegar hasta a amargarles el día, la semana o la vida a quienes nos rodean. La traca en positivo es también posible. Y cuando se enciende no hay lunes ni reentré que se resista.

Pues eso. Respirar hondo, sonreír antes de abrir la puerta, pensar si los compañeros son buena gente, que lo son, y ver la forma de darles algún pequeño motivo para que su súper lunes sea algo menos lunes y mucho más súper. Prometo intentarlo.

Por Paco Prado