Los sibaritas, sobre todo los más exigentes, los que no tenemos un duro, nos pasamos la vida examinando locales, luces, sonidos, temperatura… y sobre todo compañías. Amamos el tiempo y la vida, por eso nos duele perderlo, desperdiciarlo, sobre todo cuando es tiempo que elegimos, tiempo libre, tiempo nuestro. El placer que se obtiene en los lugares de ocio se basa sobre todo en conseguir desconectar el jodido cordón umbilical que nos mantiene unidos a la vulgar vida. Esa es la cosa. Separar los pies del suelo, los oídos de los ruidos, el paladar de lo cotidiano. De eso se trata. Pagamos auténticas fortunas a veces por esa píldora de independencia sensorial. Ver una película metido en la película, cenar en una burbuja, viajar de la mano de una bulería, escuchar el silencio o fliparlo con un atardecer de esos de cada día. Fácil parece, pero no lo es. Los malos actores te recuerdan que están actuando; el de la mesa de al lado grita como un chancho en su matanza; el camarero es el centro de todo, a base de pasarnos la noche buscándole, como si fuera una adolescente desaparecida, con carteles por el local y todo; la maruja de la fila de delante sigue haciendo fotos con su móvil inmenso, buscando conexión, desconectándome a mí del arte de Poveda. No es fácil salir de la vida, sobre todo sin drogas. Por eso, a veces ha de invertir uno mucho más que una reserva en un restaurante o una entrada para un concierto para conseguir algún pellizco, alguna vibración. Pero… ¿Vale la pena?

A veces sí.

En ocasiones se ha de pagar un gran tributo para vivir ciertas cosas. No se pueden hacer tortillas sin romper huevos, ni cosechar ratos sublimes sin apostar un puñado de molestias.

Acaban de concluir las Fallas de Valencia. Un diablo oculto dentro de mí me murmuraba días atrás que me marchara en busca de esas casas rurales del interior que tanto bien me hacen interiormente. Otro diablo me decía que me quedara, pero que nada de salir, que con las fiestas coincidiendo con el fin de semana iba a ser una locura moverse por la ciudad. Otro diablo (ya ven el ambientito que suelo tener en mi cabeza) me decía que, en todo caso, como colmo del desenfreno, podía montar alguna comida en casa con amigos, familia y / o algún ser querido. Con más tendencia a la inercia que un mastín viejo, lo de aventurarme a ser engullido por la masa social no era mi primera opción, ni de lejos. Pero todavía queda quien tira de mí, quien vence esas paradas de burro y las convierte en arrancar de caballo. Alguien… y mi vieja sabiduría, que me indica que a veces vale la pena airear la pereza para cosechar instantes de vida. En Fallas hay muchas cosas muy atractivas por las que vale la pena pagar atasco, calles cortadas, dolor de pies, cansancio y frío. Sólo hay que saber elegirla. En Valencia y en todas partes.

Placeres caros

Entre una hora y media y dos horas hay que estar de pie, quieto, bajo el sol o bajo la lluvia (juro que en cierta ocasión he aguantado la lluvia durante casi una hora) para luego vivir no más de 4 minutos de mascletà. No soy fanático de nada. Y mi acentuado ADN manchego me aleja de estas cosas, pero para mí una buena mascletà en la plaza del Ayuntamiento es algo especialmente intenso y emocionante. Confieso que el otro día, cuando acabó una de estas locuras de 300 kilos de pólvora, noté los ojos húmedos y la piel erizada. Traté de disimular mirando hacia una amiga catalana (existen y mucho) que veía a nuestro lado la mascletà por vez primera. Allí estaba ella, llorando de emoción como una Magdalena. Toda abrazable ella. Sí, hora y media de incomodidad, pero si la mascletà sale buena… volverás, por muy sibarita que seas.

Más todavía. Si uno cree que citada aglomeración es lo más apretado que puede haber… es que no ha estado en la Semana Santa de Sevilla. Gritos de pánico daba mi pobre sobrina exigiendo que la sacaran con vida de aquella masa compacta de gente que le impedía tocar el suelo y casi respirar. Detesto las multitudes. Creo que queda claro. Y soy, lo lamento, profundamente creyente en el agnosticismo. Y allí estaba, como sardina en lata, esperando a ver pasar la procesión del silencio. Y… nunca lo olvidaré. Una profunda emoción recorrió sin permiso mis desprevenidos nervios, tanto por el silencio de ese momento, como por las posteriores músicas en otras procesiones de la “madrugá” sevillana. Inolvidable.

En la Semana Grande de Bilbao o en los Sanfermines también puede uno acabar harto de no ser ya un adolescente, porque muchos de estos festejos parecen diseñados para los sacos de hormonas devoradores de Fantas de limón y vodca. Seres humanos inmunes al empujón, la salpicadura de calimocho o la imposibilidad de circular con cierta fluidez. No dejemos de ir a los San Fermines o a la Aste Nagusia, por supuesto, pero siempre que guardemos un rato para perdernos por los pueblos del norte, pasearlos y charlar con los lugareños. Pocos placeres son comparables a tomarse un pacharán viendo llover tras la cristalera de algún barecito de la plaza del pueblo, de mi onírico Algorta, por ejemplo.

Buscamos la comodidad siempre, todos. Detestamos la penuria, que de eso ya hemos tenido de sobra. Por eso, cuando hemos de ir a algún sitio a vivir una experiencia nueva, la pregunta tipo es esa de ¿vale la pena? Soy sedentario, agnóstico, pesimista y un vago que no puede ejercer (como dice mi amigo Fernando). Pero … claro que vale la pena. Sobre todo, si es Baines, el pacharán, digo.

Por Paco Prado