Soy una aférrima defensora del medio ambiente, ¡qué le vamos a hacer!. Soy de esas personas que se entretienen en cortar con tijeras el plástico de las latas para que ninguna tortuga se quede enredada en él e intenta reciclar lo máximo posible, sintiéndome mal cuando no puedo hacerlo. Tengo amigos que se ríen de mí por “perder el tiempo en eso”, como ellos dicen, pero mi conciencia se queda más tranquila sabiendo que colaboro a no destrozar más la naturaleza.

No me gusta derrochar agua tampoco y me cuido al máximo de no dejar ningún plástico o vidrio cuando voy al campo. Es por eso que me indigno mucho cuando practico senderismo o simplemente voy a comer al campo y veo que el ser humano no es capaz de disfrutar de la sierra sin dejar su tóxica huella en ella, abandonando bolsas de plástico, latas de refrescos y restos de comida no degradables.

Incluso me indigno más al conocer los grandes incendios -la mayoría provocados- que asolan todos los años a una de las zonas más verdes y limpias de nuestro país como son Galicia, Asturias o Cantabria.

Hace un par de semanas, en marzo, miles de estudiantes de todo el mundo salieron de las aulas a las calles para protestar contra el cambio climático, para dar conciencia de que nos estamos cargando el planeta entre todos y que no dejaremos nada vivo si seguimos a este ritmo.

Siempre digo entre las páginas de Bonus que tanto en España como en el resto del mundo tenemos sitios maravillosos para visitar, montañas por descubrir y rincones donde perderse ante su belleza. Pero también les digo que todas estas maravillas durarán poco en el tiempo si no las cuidamos.

Aún así, a día de hoy, podemos ver ya los grandes cambios que nos ha dejado el calentamiento global en las últimas décadas: enormes glaciares desprendidos, el Polo Norte reducido a la mitad, caudales de grandes ríos menguados y lagos desaparecidos.

El cambio climático existe, se lo aseguro. Y si no se lo creen ahora lo harán dentro de 20 años cuando el número de afectaciones respiratorias aumenten por la contaminación en las ciudades, cuando ríos y lagos sigan desapareciendo, cuando la desertificación aumente y desaparezcan esos rinconcitos de la naturaleza que ahora nos hacen alucinar.

No es que esté en contra del progreso. Considero muy necesario el desarrollo de la industria, de las ciudades, la búsqueda de nuevos puestos de trabajo, la aplicación de la tecnología a los procesos agrícolas e industriales… Pero todo con cabeza, como diría mi madre. Todo tiene un punto medio. El desarrollo de las ciudades tiene cabida a la vez que el mantenimiento del medio ambiente así como el desarrollo de infraestructuras es compatible con la implantación de más áreas verdes.

En Bonus, del mismo modo que les presentaremos siempre sitios maravillosos que visitar, también les invitamos ahora a que miren más allá de los monumentos; vean si una ciudad está limpia y bien cuidada; si tanto los ciudadanos como los turistas respetan el mobiliario urbano y, sobre todo, si nosotros en nuestro viaje podemos hacer algo por preservar esas maravillas naturales.

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Por Inma Peña