Renegaba en el anterior artículo de Bonus de casi todo. Analizando el escrito, pensé si no me habría equivocado en la dimensión de tan enorme queja. Y sí, así era, efectivamente. Me había quedado corto.

Las maravillas y glorias de viajar ya las conoce el amigo lector o ya se las habrán contado. Ocurre en esto de los viajes, como en la maternidad, que es muy raro que la gente tenga el valor de quejarse. ¿Qué le vas a decir a tu cuñado sobre cómo te ha ido la semanita de viaje? Pues eso, de maravilla. De los pelos ajenos en la cama, la cucaracha sin papeles que hubiste de sacar de la maleta a palos, de la pared del baño del hotel con más porquería que la barriga de una burra, nada de nada. De las dos horas de cola en el chiringuito-fritanguería, ni palabra. La clavada antológico-hipotecante en el restaurante vulgar y tabernario que te habían vendido como plus de la muerte mega recomendado, ni nombrarla. Lo de las obras en el hotel, martillo percutor incluido, comenzando justo cuando tú llegas de madrugada, más pasado que la chaqueta de hombreras… secreto de sumario.

Una y no más.
Pero para eso estamos. Siempre es bueno que haya quien diga la verdad y reconozca cuándo se equivoca.  Y es que el viajar, la hostelería y el turismo son el caldo de cultivo perfecto para caerse con todo el equipo. Para fracasar. Para cagarla. ¿Por qué? Pues porque se consumen productos y servicios de los de una y no más. Y eso es muy peligroso. Puede ser que vayamos de crucero, que hagamos un viaje todo incluido al Caribe, que nos atrevamos a ir un restaurante mega recomendado de esos de muchas estrellas o que nos animemos a alquilar una casita rural de las que no quiso Heidi por demasiado bonita. Si es así, en la mayoría de los casos estaremos en ese barco, hotel, casita rural o restaurante una sola vez. Lo más habitual es que no volvamos nunca, nos encante o lo detestemos. Por tanto, ¿qué empeño van a tener, en ciertos casos, en contentarte? Y, si lo intentan, será muy difícil que acierten con nosotros, porque cada cual se contenta con unas cosas. Por eso, de turismo, comemos en restaurantes, dormimos en hoteles o viajamos en compañías aéreas en los que nunca volveremos a comer, jamás volveremos a dormir y en la vida volveremos a viajar. Pero ya nadie nos va a compensar por la mala primera experiencia. Ni ellos tendrán una segunda oportunidad para cogernos el punto que, lo confieso, también tenemos lo nuestro.

Consejero
Ante ese panorama cobra especial importancia la figura del consejero. Las webs esas que se chivan de todo lo malo de los hoteles y restaurantes nos valen relativamente. Porque puedes leer que un sitio es gloria bendita junto a otra opinión que te dice que es lo peor.

Para que un consejero sea eficaz ha de conocer el sitio y, sobre todo, conocerte a ti. No es fácil. Hay que tener uno, en mi caso una, para libros, otro para películas, otro para hoteles, etc. O leerse Bonus con detenimiento.

Aun así, siempre habrá una parte de aventura al entrar en un hotel, o al llegar a un destino desconocido. Está bien lo de ir a lo seguro. Muy bien. Pero hemos de consolarnos pensando que también mola la emoción de la primera vez. La que, por ejemplo, vivió mi amiga la cucaracha indocumentada cuando se aventuró a intentar salir de Santorini en mi maleta. La pillé a tiempo. Su viaje se convirtió en una mala experiencia. Pero seguro que no se desanimó y lo volvió a intentar. Pues eso.

Por Paco Prado