Me gusta viajar. O me gustaba. Pero, aunque mi fino cutis indique lo contrario, ya voy teniendo una edad, tras otra. Y doy fe de que las prioridades, preferencias y pasiones… cambian. Supongo que al amigo lector igual le pasa algo de todo esto. Vaya usted a saber.

Hubo un tiempo en que cogía varias cajas pesadísimas, llenas hasta arriba de revistas y me largaba a la otra punta del mudo. Acarreaba las cajas de una en una o de dos en dos, de casa al taxi, del taxi a la facturación, de la recogida de maletas al carrito … y así hasta llegar al hotel, desde donde luego las llevaba a la feria de muestras de turno, para hacer llegar el mensaje a los visitantes y expositores. Y no me importaba. Ni a mí ni a las compañías aéreas, que en esa época, de la que tampoco hace tanto tiempo, no eran tan cicateras con eso del peso del equipaje. Pues eso, que allí me iba yo, en infectos trenes literas o enlatado en un avión, a cientos o miles de kilómetros, para pernoctar en hoteles de cuatro o cinco… puntas de estrella. Y tan ricamente. Pero ya… casi que no. Nos gusta cada vez más nuestro baño, nuestra cama, nuestro sofá, nuestra música y nuestro silencio. Por eso, como buenos viajeros escaldados, huimos de las experiencias viajeras que están muy por debajo del confort diario del dulce hogar. Y es que nos hemos encontrado de todo.

En el avión

Volar es la forma más rápida y segura de desplazarte, siempre que tengas tragaderas para soportar los aviones y… los aeropuertos. Cola para facturar. Eterna a veces. Nada de elegir asiento. Nada de pasarte ni un gramo en el peso de la maleta. Ni en las dimensiones de la bolsa de mano. Si sobrevives al proceso de facturación puedes tomarte una infusión para recuperar templanza, siempre que te permitan pagar a plazos la fortuna que te pedirán en la cafetería. Lo siguiente es el control de seguridad y ese ambientito que se crea, similar a la previa de una orgía. Los cinco sentidos son necesarios para quitarte de encima lo que pueda hacerte suspender el examen del arco chivato, y algún sentido más para que no se te olvide nada en el citado control. Reloj, bolsas, carnet de identidad, de todo he dejado yo en esos sitios. Aunque algunas de esas cosas las he recuperado. A continuación viene el momento más importante de todo viaje en avión: cuando en el panel de avisos te indican que el embarque es a las 20,30, son las 20,40 y nadie da señales de vida. En ese momento ya sabes que vas a tener que esperar… unos minutos o unos días. Lo malo no es la espera, lo terrible es no saber lo que va a durar. Superados esos tragos, toca lo del viaje. Salvo que te hayas fugado de un futbolín, sufrirás en esos asientos sin espacio para las piernas, ni para una de ellas. Si mides 1,90 el problema se alarga. Pero si además, como ocurre cada vez con más frecuencia, coincides en el viaje con el incívico de turno… corres el aterrador riesgo de que eche el asiento hacia atrás de golpe sin caer en la cuenta de que son tus rodillas lo que se le están clavando en la espalda. Y así durante 11 horas. En ese tiempo sólo te queda rezar, para que el grupo de niños gritando y llorando salgan al recreo, cuando el avión esté sobre el océano.

En el tren.

Es mi medio de transporte favorito, para quitarme las ganas de viajar. No importa el nivel de billete que compres. Viajar en tren sigue siendo una aventura. Empecemos por lo más bajo, sin contar con los trenes extremeños. El Euromed, más conocido como “Euromerd” es la esencia del mucho mal que puede llegar a hacer la política. El primer AVE que debió inaugurarse en España es sin duda el que conectaría Valencia con Barcelona. A estas alturas no sí algún día lo verán mis ojos. Los retrasos del Euromed rondan una media de 30-40 minutos. Así, un viaje que debería durar dos horas en AVE, dura casi cuatro. La moneda al aire no sólo afecta al tiempo que tardará el tren, sino también, y sobre todo, a qué tipo de energúmeno o energúmenos te tocará en tu mismo vagón. Si te toca gente cívica, que la hay, poca pero la hay, el viaje, por largo que sea, puede ser llevadero. Pero estás muerto si te cae cerca uno de esos locutores de su vida laboral y/o privada. De esos que te obligan a enterarte de todas sus conversaciones telefónicas, aunque te importen nada o menos y lo único que quieras sea dormir un poco. ¡Qué tiempos aquellos en los que se recomendaba guardar silencio y “usar las plataformas” para hablar por teléfono!

Pero eso se arregla, o debería, si nos gastamos un poco más y vamos en AVE, donde lo haya. Ahí está el bien traído “vagón del silencio”, mi favorito. Si no fuera porque no hay viaje en el que no haya que llamar la atención a algún gañán que no ha entendido qué significa eso de “vagón del silencio”.

Buscando comodidad, tiramos para arriba. Nos gastamos una auténtica fortuna en hacer un viaje… en el Transcantábrico. Pasillos anchos, camas infinitas, camarotes confortables, cuartos de baño grandes… siempre que seáis Pin y Pon. O nuestros amigos, los fugitivos del futbolín.

Muchas veces vale la pena todo por el llegar, por el contemplar, por el viajar incluso. No me vayan a hacer caso. No se me desanime nadie. Pero también es verdad que cada vez más uno echa de menos sus comodidades como echa de menos a su ex los domingos por la tarde. Qué mala vejez me espera.

Por Paco Prado