El fin de semana pasado viajé a Ibiza. Una escapada de tres días de esas que ni te da tiempo a ver todo, ni a descansar, ni a desconectar apenas. Pero que la disfrutas como un remanso de paz en medio del caos del trabajo.

Fue un fin de semana corto pero intenso. Como todos lo son, supongo. Y mientras aproveché para conocer a los ibicencos, su gastronomía, el casco antiguo, la Necrópolis de la ciudad y sus playas paradisíacas -en invierno solo y ni siquiera-, me di cuenta de lo realmente feliz que me hace viajar.

Y es que creo que estoy justo en ese momento de la vida en que si no viajo todo lo que quiero ahora no lo haré más adelante, por trabajo, familia u otras responsabilidades. Te vayas a la Conchinchina, Perú o Alcorcón de Henares, el simple hecho de coger la maleta e irte a otro lugar que no sea tu casa te abre un mundo nuevo.

Dicen que viajar te abre la mente, que es un cambio en nuestras ideas sobre lo que es vivir y que se queda perenne en nuestra vida. No sé si algo de la cultura de Ibiza ha dejado su impronta en mí. Pero lo que sí lo hizo desde luego fue la atención recibida en algunos de sus locales.

En una ciudad tan turística, tanto en invierno como en verano, como es Ibiza, podríamos pensar que eso de “tratar bien al cliente” es su principio básico. Y, que conste, que en la mayoría de los locales es así. En definitiva, todas las ciudades turísticas en España se caracterizan por eso. Así que es normal que cuando una llega a un bar ubicado en mitad de una de las plazas principales de Ibiza, con bastante gente tomando cervezas y café en la terraza -lo que te hace pensar que ahí se come “bueno, bonito y barato”- el trato que reciba sea excelente.

Nada más lejos de la realidad. El camarero, uno de los gerentes del local, se tomaba la licencia de no mirar siquiera al cliente cuando iba a tomar nota. La desgana, el desinterés y su disposición de hacer sentir incómodo al cliente me sorprendió de sobremanera.

Quiero decir, no espero que la comida sea de tres estrellas Michelín ni que la cerveza sea artesanal o importada de Alemania, me conformaría con que la copa de mi bebida no esté rajada, cuidar un poco las maneras y que me miren a la cara cuando me toman nota. Lo de la sonrisa y la simpatía lo podemos dejar para otro momento.

Por romper una lanza en favor del turismo de Ibiza tengo que decir que fue un trato aislado y que en la mayoría de los locales, la educación y la atención al cliente es excelente. No sé si el viaje me daría para hacer una tesis sobre las civilizaciones anteriores en la isla o sobre la arquitectura de la gran muralla que rodea el casco antiguo. Pero desde luego que sí me ha dejado muchas ideas para escribir un buen reportaje sobre sitios excelentes para comer, beber y dormitar. Y otro reportaje para los que es mejor no visitar.

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Por Inma Peña