Es maravilloso este país nuestro. Pero, eso sí, a veces parecemos muy tontos. Vamos por el mundo llenos de complejos y en los temas en los que somos los amos… parece como si nos avergonzáramos. Estamos permanentemente ubicados en el podio de los países que más turismo reciben, con Francia y Estados Unidos. Pero menospreciamos la hostelería con eso de que no queremos ser “un país de camareros”. No es porque yo lo haya sido durante casi diez años, pero no creo que lo de ser camarero sea algo despreciable. Sobre todo si se paga como debe pagarse.

La hostelería es un mundo que, si se le valora, puede devolverte ese valor con creces. Está demostrado que un buen camarero, un profesional, puede multiplicar los ingresos respecto a una persona que no sepa del oficio. Nuestra devaluada hostelería, en unas regiones más que en otras, necesita hacerse valer a base de dos condimentos: dar calidad y… cobrarla. Siendo tan críticos como somos, no podemos negar que sitios de nefasta calidad y precios desorbitados, en nuestro país… haberlos, haylos. Vaya si los hay. Pero también es cierto que nuestro nivel precio-calidad, comparado con lo que hay por ahí… nos indica que no tendríamos que estar en el podio, sino en el primer puesto. No sé si somos buenos. Pero somos los mejores.

Lidia en París

Si nos fijamos en uno de nuestros competidores en el ranking, Francia, se nos antoja que deberíamos mandar excursiones periódicas de estudiantes de hostelería al país vecino para que tomaran buena nota de cómo hacen las cosas, en el mundo del turismo, digo. Y luego hagan una redacción, que llevara por título “cosas que tenemos mil veces mejor en España y por las que cobramos una tercera parte”.

Maravilloso país Francia. Precioso París y sus cosas. Pero ¡mon Dieu! Qué forma de rejonear al incauto turista. Aquí nos da por los toros, allí por los turistas. Se ensañan en la lidia de seres humanos vivos, metiéndoles puyazos desde que ponen un pie en París hasta que vuelven a España con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, para que no se las corten, las orejas, digo.

Sin entrar en que los hoteles franceses doblan los precios de los españoles, nos podríamos centrar en la comida, el único placer que nos podemos dar tres veces al día durante toda la vida. Se supone que la alta cocina francesa es lo más de lo más y que allí se come muy ricamente. ¡Quia! Varias veces he estado en el precioso lugar. Unas por trabajo y otras… no. Ninguna he conseguido comer ni la mitad de bien que en el bar de la esquina del polígono. Y eso que he pedido recomendaciones y sitios de lo más “pipí cucú”.

Los números

Que no digo yo que no sea mala suerte y o que yo esté de un sibarita subido. Pero lo único distinto que he notado en las mesas de allí es la habilidad para cambiarle el nombre a los platos para cobrarte el triple. La verdad es que algo debería haber sospechado. Me viene a la cabeza que en el último restaurante en el que trabajé, el más pijo, La Cava del Almirante, en Madrid, le matizaban el nombre a algunos platos, para justificar la multiplicación del precio. Así, llamábamos bocarte al boquerón. Pero por un boquerón no se puede pedir un riñón. Por un bocarte sí. Pues eso.

Si a la sopa de cebolla en París le llaman “gratinee” pueden pasar de los 6-8 euros que cobran en España, como máximo, a los 22 del Café de Paix. Donde además, por un café, al llamarlo Espresso pueden cobrarte 6,5 euros. Y el vino, peleoncito y aguado, te sale a 12 euros… la copa. No es que nos metiéramos en un sitio especialmente repipi, que un poco sí. Estas cosas no sólo pasaban ahí. Les puedo dar algún ejemplo más. Una caña, 9 euros en el Train Bleu, donde la botella de agua son 9, además del menú a base de raviolis y pollo a 65 euros, sin bebida. Con un servicio nefasto. Pero eso sí, con los nombres de todo en francés. Que así cualquiera.

Pues eso, que no cobramos lo que damos, porque no nos valoramos. Que el día que lo hagamos vamos a vivir muy bien de ese turismo que ahora despreciamos, y que nos hace sentir mal por ser hosteleros.

¡Ah! Y otra cosa… en España apenas hay que hacer colas. Y casi todos sonreímos a casi todos.

Por: Paco Prado
Ilustración: Alba Prado