Por distintos motivos y circunstancias variadas y diversas he tenido que protagonizar entre seis y ocho eventos multitudinarios al año durante los últimos lustros. Algo de experiencia voy teniendo. Puedo garantizarles que, en Valencia, si me preguntan por un sitio óptimo donde celebrar un evento especial, donde quedar bien con amigos, socios, familiares y seres queridos en general, no sabría dónde enviarles. No digo que no lo haya, digo que no he encontrado un sitio donde no te tumben en parte, o en todo, la ilusión que uno le pone a este tipo de iniciativas.

Y es que estamos hablando de semanas, meses incluso, de preparar detalles, discursos, premios, despedidas, agradecimientos… Cuestiones todas que suelen ser realmente especiales, muy especiales, al menos para quien lo organiza, y acaban con un sabor agridulce, a veces más agrio que dulce, o totalmente agrio. Ya saben: “Muy bien todo. Qué pena que la comida estuviera fría y tardaran tanto entre plato y plato…”

COMIDA Y SERVICIO
Curiosamente, el que para uno sea extraordinariamente importante el evento organizado, no tiene por qué significar que lo sea para las decenas, cientos o miles de invitados, que de todo he vivido. Al invitado, las más de las veces, le emociona más un buen solomillo que las temblorosas palabras del entregado ponente. Se fijará más en el sudor del camarero que en la importancia de lo que se celebra. A la hora de entregar su temida puntuación final, le pesará más la mesa que le ha tocado que los discursos intensa y largamente preparados. Y si la mesa no es la más entretenida del evento y te ha tocado un grupo de sepias envasadas al vacío y sus parejas, generalmente ficus congelados, lo peor que puede pasar es que entre plato y plato pase una hora. Que, en esa compañía, parecen dos. Y ya no sabemos si estamos, como dicen en mi pueblo, en un bar o en una sala de espera.

Y es que además, si los platos fueran como eran antes, con cosas para comer, sería distinto. Pero ahora te hacen esperar media hora para traerte un bocado en medio de un plato inmenso, decorado con distintas texturas de salsas y flores, que no digo yo que no luzca encima de la tele, pero que para quitar el hambre deja mucho que desear. Así, uno engulle el bocadito que te traen, si lo encuentras en medio de la decoración del plato, y … a seguir esperando. Como vemos, parte del éxito del evento depende de nuestro trabajo de organización de semanas, pero otra parte significativa está en manos de camareros, cocineros y derivados.

LUZ, TEMPERATURA Y SONIDO
Y no crea el lector que pasan estas cosas por imprudentes. Por no haberlo mirado y probado todo antes. Ocurre que estamos, en esto de los banquetes, ante el único producto que conozco que, cuanto más se contrata, más sube el precio y baja la calidad. Si tú vas a cenar a un local con tu señora o con un ser querido y te cobran, bien cobrado, digamos 50 euros por cabeza… como se te ocurra buscar dónde comer lo mismo para 200 personas, lo más normal es que no comas lo mismo, te sirvan peor y te cobren el triple. No me pregunten por qué. Yo tampoco lo entiendo, sobre todo cuando el hostelero conoce con antelación cada gramo de comida y cada gota de bebida que ha de preparar. Da igual que vayas a verlo y supervisarlo todo, a probar la comida, incluso. Créanme, es infinito el muy imaginativo abanico de averías que pueden surgir, como sonido que no suena, luz que no luce o aire acondicionado que ni airea ni acondiciona, por mucho que lo hayan cobrado todo como si te lo fueras a llevar a casa después.

COSAS
He visto cosas que vosotros no creeríais. Un señor saliendo de la oscuridad de la huerta para arrancar el enchufe de la música en medio del evento, dentro del horario contratado. Para proceder, quien luego resultó ser el guarda del lugar, a desalojarnos del sitio de malas formas, antes de, insisto, acabar el tiempo pactado. Hemos visto como tres o cuatro camareros distintos te interrumpen la conversación, con lo que cuesta arrancarles una frase a las sepias, para preguntarte cómo está el plato. Al igual que los hemos visto desaparecer, todos, de golpe, si has pedido ya tres veces algo de bebida, o una patada ninja en el pecho, para poder tragar.

Lo dicho, en cuanto encuentre dónde celebrar la boda, me lo pienso. Palabrita. Aunque, ahora que caigo, del todo mal no me viene la mediocridad hostelera de los salones de eventos. Mejor que sigan así, aunque sólo sea para que yo pueda tener una excusa para seguir también… así.

Por Paco Prado