Somos la bomba, todos y todas. Los que más sabemos de viajes y los que mejor los organizamos. No es una excepción esto de los viajes. Porque también somos los que más sabemos de fútbol, de conducir y hasta de capar grillos con guantes de boxeo, si me apuran. Las agencias de viajes están en decadencia, no porque no tengan sentido, que vaya si lo tienen, sino porque las gentes humanas las cambian por alguien de quien nunca van a tener queja alguna, por muy mal que lo haga: uno mismo. Ponerse uno mismo con su mecanismo, es decir, con su ordenador, a organizar, por ejemplo, un fin de semana en Madrid, es fácil y divertido, si lo que quieres obtener finalmente es un viaje de aventuras y emociones aseguradas.

Lo más sencillo, eso de sacar unos billetes de tren, se puede convertir en una odisea de media mañana rellenando datos delante de la pantalla. Pero como nuestro tiempo parece que no vale nada, al final de todo el rato invertido, estaremos más que contentos por el mero hecho de haberlo hecho nosotros mismos. El resultado puede ser, por ejemplo, que cuando el asiento elegido es en sentido de la marcha, sin nadie enfrente, pase a ser, al llegar al vagón, un asiento a contra marcha, de esos que tienes otra persona humana con sus pies entre los tuyos. Si además, se da la circunstancia, como me ha ocurrido a mí, que me ocurre de todo, de que la señorita que me toca enfrente opta por ubicar sus bolsas, de Zara por cierto, en sus pies, resulta que has de retorcer tus zancarrones hasta ponerte en modo faquir. O vagar por el tren en busca de asientos libres.

En llegando al sitio, uno descubre que el hotel, por supuesto, no es el que aparece en las fotos. Bueno, sí es, pero como si no lo fuera. Le han metido más luz, enfoque y Photoshop que a una modelo decadente. Y a callar. Bueno, si vas en pareja se calla quien ha gestionado a base de clics tan astuta compra. El otro miembro o miembra del dúo se dedicará a una labor tan oscura e ingrata como inútil: recordar, con escasa o nula gracia, con mala leche a veces, durante “toooodo” el viaje el fallo ajeno.

Estas pequeñas cosas derivadas de la autogestión, basada en la autocomplacencia, nos llevan al plato fuerte: Esas entradas para el teatro o para algún espectáculo de alcurnia, como el fútbol, por ejemplo.

Avive el seso y despierte. Los vendedores de entradas en internet… van a por ti y a por tus nervios. Cuatro entradas para ver con un colega y su hijo un partido en el Bernabeu. A tanto cada una… más la gestión por internet. Eso compramos y eso nos dieron. Fácil. Salvo un pequeño matiz. Había una peña de aficionados “contrarios” entre medias de unas entradas y otras. No crean que la ladina paginita de venta de entradas lo hizo con mala fe. Quia! Lo hicieron para fomentar la hermandad entre aficiones rivales y la concordia entre los pueblos. Además de regalarme un valioso ejercicio de negociación, que duró hasta que convencí a los señores de la fila para reajustar el tetris y poder ubicarnos los cuatro juntos.

Un fallo casual, pensará el cándido lector. Pero no. También habíamos gestionado dos entradas de palco para ver a mi idolatrado Leo Harlem. Aparte de pagar más de la cuenta, ¿Qué problema podría haber? Pues que se les olvidó indicar que una estaba en un palco y otra en otro, en la otra punta. Aquí, con la experiencia que dan los palos, ya no utilicé las bien pulidas técnicas de convencimiento y persuasión. Opté por la acción. “Y si me dicen algo les doy con el taburete” musitaba yo mientras, arregladísimo de la muerte, transitaba por los pasillos del teatro taburete al hombro, para encajarlo en el palco donde había caído la otra entrada. Todavía me duele el hombro. Y las rodillas. Menos mal que nadie me preguntó nada. No se atrevieron.

Todas estas vicisitudes y otras que relatara si espacio hubiera, no son lo más destacado en el capítulo de ventajas y desventajas que tiene eso de organizarse uno mismo el viajecito o la escapada. ¿Saben qué es lo peor? Algo que para los que tenemos mucho carácter, y muy malo, valoramos al máximo. Cuando uno se pone en modo Juan Palomo, no tiene a quién reclamar, ni a quién echarle la culpa ni con quien cabrearse. Si te enfadas con los vendedores de entradas por internet o con el hotel, como saben que en la mayoría de los casos no vas a volver a ser cliente, la preocupación que les produce tu ira es ninguna. Cuando usas una agencia de viaje, estás usando de intermediario a alguien que cada dos por tres ha de volver a contratar ese o aquel hotel o servicio. Y a ese le temen, que diría don Vito.

Todo lo demás muy bien, salvo lo que contratamos nosotros directamente.

A pesar de todo, anímense y prueben a ir de relax, fiesta, fin de semana o vacaciones a un lugar donde vaya constantemente por negocios. Verá lo que se está perdiendo por no mirar las cosas con otros ojos. Eso sí, procure tener a alguien profesional a quien echarle la culpa de las cosas que fallen. Que las habrá.

Por Paco Prado
Ilustración: Alba García