Los peores cabreos que cojo en esta vida son los que cojo conmigo misma, los rumio hasta la extenuación, hasta agotarme, y no paro de hablar con mi cerebro del tema durante días. Sobre todo, me cabreo con Gema cuando soy víctima de algo por consentimiento, cuando yo misma me estoy dando cuenta de que lo que está pasando no está bien y no lo detengo, por lo que lo consiento. Solo me lo perdono cuando la razón de mi inmovilismo ha sido el miedo, ese que te paraliza, el de verdad. Hay dos grandes áreas en las que me manejo mal con el consentimiento. La primera es que hay muchas personas, situaciones y cosas que me hacen perder el tiempo, pero la mayoría de veces lo hacen con mi dichoso consentimiento. Bueno, como mínimo, noto que no pongo todo el empeño que debería en evitarlos, aunque estoy aprendiendo y la razón básica es que mi tiempo es igual de valioso que el de cualquiera que me lo hace perder. Ese compañero que le da igual lo que estés haciendo, se acerca a tu mesa y te interrumpe para comentarte en voz alta lo que ya te ha escrito en un email, y a lo mejor en ese momento estoy escribiendo esta editorial y tras la interrupción necesito volver a leer lo escrito para volver a coger el hilo de la escritura, y lo que es más importante, de la concentración. Es por ello que estoy estudiando a fondo fórmulas de cortesía para cortar de forma educada y firme a los pesados. Igualmente, con cortesía, corto las conversaciones telefónicas innecesarias y desconecto el móvil en los momentos que necesito máxima concentración. Benditas fórmulas, aunque escasas por el momento. Sigo trabajando en ello.

La segunda área es cuando con mi consentimiento de mujer con súper poderes (pobre ignorante) me empeño en cambiar a los que nunca cambiarán, revertir situaciones y/o invertir tiempo en luchas que ya sé que están pérdidas. Por ejemplo, dejo pasar el tiempo para ver si la amiga egoísta de turno se da cuenta de que eres tú siempre la que llamas y quizás si pasan tres semanas sin saber de ti se dará cuenta y llamará confusa por tu ausencia. Ilusa, no llama y vuelves a ser tú la que lo hace cabreada contigo misma por no ser más fuerte y quedarte quieta. Pero en esta segunda área no voy a echar mano de fórmulas de cortesía, voy a ser más radical, en este punto he decidido que solo voy a intentar ayudar a los que no pueden defenderse solos, porque al final los egoístas van a seguir siendo egoístas, los procrastinadores van a seguir dándome largas y los malos atenazándome con el miedo. Y es que no quiero cabrearme más que lo justo con Gema, porque luego tengo que dormir con ella todos los días.

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Por G. Peñalver