No hay quien lo pare. Eso de llevarte a casa lo que se te ocurra es una realidad concreta, creciente y muy atractiva. Las posibilidades de esta tendencia son amplísimas, como para un monográfico de Bonus… algún día. Hoy nos concentramos, porque así lo ha ordenado la jefa, en la entrega de menús a domicilio. Esto, que parece que ha existido desde siempre, tiene novedades importantes que pueden llegar a revolucionar el mundo de la hostelería. Calidad, seriedad, comodidad y ahorro, esos son los elementos diferenciadores que hacen que este nuevo enfoque a la comida para llevar sea tan novedoso como prometedor. Así sí.

Hablemos de lo último. El ahorro es algo que a todos nos llama la atención, que todos valoramos de forma directa y contundente. No se trata de bajar calidad, sino de pagar menos en conjunto aunque no baje el precio de lo importante. Podemos comer o cenar todo tipo de comida, incluyendo, y eso es lo nuevo, comida de restaurantes considerados de alto nivel, tan alto que no podíamos degustar sus platos tan a menudo como deseábamos. Lo que nos importa del restaurante que elegimos es sobre todo la comida y el servicio. Lo demás, ambiente, acústica, temperatura… a veces, como ocurre con el servicio, suma, pero sólo cuando pasa desapercibido.

Preámbulos
Pues eso, si lo que queremos es pagar por lo importante, la comida, y ahorrarnos lo demás… pedirla a domicilio es la solución. Además, podemos ahorrarnos un pico, porque la factura de cualquier restaurante se suele ver seriamente incrementada por “cosas” que a nosotros, en muchos casos, ni nos van ni nos vienen. Partamos de la base de que tenemos casa. Y que la casa tiene un balcón, terraza, salón, salita o cocina. O algún rincón donde poner una mesa medianamente digna. A partir de ahí, cuantos más detalles… mejor. No se corte con las velas, ni con el mantel, ni con la vajilla. Bien colocados los cubiertos, en su sitio los vasos, esos que no usamos por no romperlos, servilletas de papel de las caras, de esas de tres capas. Que se fastidien los dineros. Vale la pena la preparación previa, da igual que la velada sea para uno solo o una misma, para compartirla con tu señora, tu novio, tu familia o con seres queridos, o todos juntos, que es más divertido. Hasta aquí, en cuanto le den al total en la calculadora, verán que … llevamos gastado entre nada y unos céntimos. Lo que habremos de pagar es casi exclusivamente los menús que nos traigan.

Ahorrando tonterías
Entonces, ¿por qué hay tanta diferencia entre el coste de cenar en casa y el de hacerlo en un restaurante? La clave está en las tonterías o “tontás”. En casa somos más nosotros, y, por tanto, somos menos tontos. Casi siempre. En algunos restaurantes por sentarte, por el pan, por el agua, por, sobre todo, nuestro postureo, por nuestro intentar puntuar con ella… nos cobran, y lo sabes. Así, en parte o en todo por tontería, caen unas cañitas previas, vino muy por encima en calidad y precio de lo que generalmente somos capaces de apreciar, postre, aunque estemos hartos de todo, copita por el ya que estamos… Muchas de esas cosas en casa no las tomamos y si las tomamos es a mitad de precio. Donde más abusan los restaurantes es en aquellos productos en los que ellos no añaden nada al producto, salvo la multiplicación de su precio: cerveza, vino, café, licores, pan… De lo que vale en las estanterías una botella de vino a lo que te cobran/clavan al ponerlo en la mesa, va un abismo, ese que te lleva a salir del local con la divisa picándote en el pescuezo. En el apartado de tonterías, cuando hablamos de lo que nos ahorramos ahorrándonoslas, no sólo pensamos en los euros que nos cuesta cada vuelta que le damos a la copa para agitar el vino antes de probarlo, como si supiéramos, sino de lo que nos ahorramos en nervios al prescindir de otras tonterías cada vez más presentes en los restaurantes y en todas partes: las del vecino, en este caso de mesa. Me refiero a su hablar alto, su ansia por compartir su exaltación de la amistad o sus cánticos de “que se lo ponga que se lo ponga”.

Comodidad
Más ventajas: En casa el servicio es impecable. Cuántas veces hemos estado tentados de levantarnos a por aceite, sal, agua… o a reclamar algún plato, cuando no aparece el camarero. En casa podemos sucumbir tranquilamente a esa tentación. Como si estuviéramos en casa. Las esperas se anulan. No hay que explicar a nadie que yo no puedo ni quiero comer sin pan, y que no me compensa que esté tostado, con aceite, pimentón, tomate y mil cosas que no hemos pedido, si lo traen cuando ya hemos acabado el plato. No piense el astuto lector que al cenar en casa estamos fastidiando a los restaurantes. No olviden que la comida la traen de esos restaurante y que suelen cobrar lo mismo que si la pidiéramos en la mesa, sin descontar nada porque sea yo quien ponga la mesa y friegue los platos. No es mal negocio. Hay que seguir saliendo a los restaurantes, por supuesto. No pienso renunciar a la liturgia de mesa y mantel de mis sitios favoritos. Si digo eso de cenar más en casa, pidiendo la comida a domicilio es porque así, cuando vuelvo a mis restaurantes de siempre, los valoro más. Pues eso. Nos vemos. En tu casa o en la mía. Esta noche, “japo”.

Por Paco Prado
Ilustración: Alba García