Por razones de la vida hace unos años tuve que dejar de hacer una de las cosas que más me han gustado desde pequeña, viajar. Para poder asimilarlo pensé que esa etapa de viajes se había aplazado, así, como el lenguaje ayuda tanto y a veces es hasta terapéutico, era mejor pensar en un aplazamiento que un se acabó. Esa etapa de parada técnica viajera la rompí hace unos días a lo grande, con un fantástico viaje a Nueva York, y con la mejor compañía, esa compañía que cuando soñaba con ir a esta ciudad nunca salía, pero la vida igual que te quita te da y ¡zas!, apareció, ahí, al lado, como la pieza que hace que todo el puzle vuelva a encajar, aunque cada vez sea más el número de piezas. También he de apuntar, porque es de bien nacido ser agradecido, que este viaje fue posible gracias a la generosidad y al empujón de varios amigos. Y allí me encontré, en la ciudad que tantas veces le había oído cantar a Frank Sinatra asegurándonos al resto del mundo que Nueva York nunca duerme. Y todo lo que me habían contado de esta ciudad se hizo realidad, y lo superó, y requetesuperó, de hecho, no conozco a nadie que haya visitado esta ciudad que no haya acabado diciéndome que es una de las ciudades a las que sin duda volvería. Ahora lo entiendo, yo también.

Es más, desayunando en una cafetería de la sexta avenida nos encontramos con un valenciano encantador que nos preguntó si era nuestro primer viaje a Nueva York, le dijimos que sí, nos sonrió y nos dijo que para él era el sexto, y nos explicó algo que siempre recordaré: “cuando hay voluntad de volver repetidas veces a un lugar siempre es porque hay algún aspecto de quienes somos que se despierta al estar allí. Cuando llego aquí mi cerebro, al no gastar tanta energía en el proceso de adaptación y no tener que estar en alerta ante el posible fracaso del viaje, porque Nueva York nunca defrauda, generas hormonas como las endorfinas que promueven el bienestar, la dopamina encargada del placer y la serotonina, relacionada con la subida del estado de ánimo”.

Nos quedamos sin palabras y yo memoricé todas las suyas. Luego buscando en internet descubrí que esas tres hormonas que este señor tan curioso nos nombró, eran las del amor en este caso, digo yo, entendido el amor como la sensación de bienestar y placer.

Con este viaje, además, me he dado cuenta de la capacidad que tiene la memoria, si la dejamos, de archivar lo que ahora no toca y permitirte, si le dejas de nuevo, mirar hacia adelante como ese perfume del que ya no te acordabas y cuando lo vuelves a oler te devuelve todo a la memoria, el lugar, la persona, el momento, el día, todo. Y es que en esa parada técnica sin viajar había archivado las sensaciones tan buenas que te aporta un viaje así, lejano, la desconexión tan grande que puedes experimentar y cómo te concentras en vivir el momento, el ahora, y pensé, ríete tú de los cursos de mindfulness.

¡Descarga el número de Mayo de Bonus!

Por G. Peñalver