Hace tiempo que no voy al cine. Bueno, voy poco. Y eso que me encanta. Antes iba mucho. Antes. Cuando la gente se callaba durante la proyección. Cuando no había móviles o cuando los móviles encendidos eran la rarísima excepción. Ahora es muy rara la vez que voy al cine y no salgo cabreado. Los móviles encendidos son casi la norma. Con sus soniditos insufribles, sus chorros de luz de espada láser, sus correspondientes imbéciles y/o maleducados asidos a ellos. Esos que no sólo dejan los aparatitos encendidos, sino que cuando les suenan… los cogen y se ponen a hablar. Así, tan ricamente. No lo soporto. Adoro el silencio como lo que es: un bien preciado en vías de extinción.

Con todo y con eso, el pasado domingo me fui a los Cines Babel de Valencia. Con dos pares de amigos. La sala estaba absolutamente llena. No recuerdo haber visto una sala de cine tan llena. Luces apagadas y sonido a tope… sea lo que Dios quiera, pensé antes de empezar la proyección.

A los pocos segundos de empezar la película constaté como a mi lado un padre con una niña encima, la entretenía con la luz del móvil, pasándole todo el rato pantalla tras pantalla. Todas las observaba la criaturita, menos la pantalla grande. Ni un minuto llevábamos y una chica y, creo, su madre, inmensas ambas, además de llegar tarde y revolucionando toda la fila, se levantaron de nuevo instantes después para volver a levantar al personal y salir no sé a dónde. No volvieron. La gente seguía entrando, ya con la proyección de la película hace tiempo comenzada. Daba igual. Tiraban de la potente linterna del móvil y … a buscar sitio, revolucionando la sala con sus diálogos por todo lo alto, en modo cabrero. “¿Ahí hay alguien?, creo que han ido al servicio, ¿pero vuelven? Igual no. Pues voy pa´llá…” Y así sucesivamente. Cinco minutos después, uno de los espectadores, un zangolotino enorme, optó por acompañar cada escena con alaridos como de gozo de diseño. En este punto ya sólo daba gracias por no haberme tocado al lado semejante emisor de sobresaltos. Mucho mejor la niña de mi derecha, ensimismada en el intenso chorro de luz del móvil de su padre. ¿Y la película? Yo qué sé. Me daba cuenta de que algo pasaba cuando todo el cine, grandes y pequeños, aplaudían con fuerza y gritaban con furia. Gritos, aplausos, móviles encendidos, como entretenimiento o como linternas, gente entrando y saliendo, gente llegando tarde para volver a salir sin haber calentado el asiento, conversaciones, alaridos … No es posible concentrar más caos ni más jarana en una sala de cine.

No recuerdo haber visto jamás una película tan a gusto, con tanta emoción y tantas lagrimitas amenazando con desbordarse y desbordarme, en cada aplauso masivo, en cada grito. Salí de la sala realmente conmovido, con una sola idea, rotunda: ojalá hubiera sesiones de cine así cada fin de semana. ¿Qué hay que hacer para conseguirlo? ¿dónde hay que firmar?

Nada más llegar al cine, un par de horas antes, para ver la película “Cavernícola”, en sesión matinal, empecé a confirmar lo singular de aquella mañana. En la entrada un trío de cuerda amenizaba el acceso al cine. Antes tuvimos que elegir entre ver la película a oscuras, con el sonido a tope, como siempre. O con las luces encendidas. O con la luz tenue y el sonido bajado… Cada una de las cuatro salas ofrecía una posibilidad, priorizando al cliente, al usuario. La proyección era, efectivamente, muy especial, ya que estaba adaptada a personas con autismo. Esos otros ciudadanos que muchos quieren hacer como que no existen. Esos niños con los que no se puede ir al cine porque molestan, tuvieron el domingo la oportunidad de que nadie les llamara la atención si ellos llamaban la atención. Gente excepcional con padres excepcionales en una matinal de cine excepcional que ojalá fuera mucho más normal, más habitual.

A mí me sirvió. Entre otras cosas, para confirmar lo que ya sabía, que lo que me molesta profundamente no es el ruido es la mala educación y las faltas de respeto.

¿Que qué hacía yo en una sesión de cine especial para personas con autismo? Se lo contaría con detalle al amigo lector, si no fuera porque se me acabó el espacio.

Por Paco Prado.