Publicamos en el último mes una descripción ligera de lo que había sido la experiencia en L’Escaleta de Cocentaina. Un restaurante con dos estrellas Michelín, donde se puede comer muy barato, por 100 euros por cabeza. Y es que la restauración siempre es barata si se ofrece calidad en la comida y en el servicio. Como a veces digo, o escribo, el placer de la buena mesa es tal, que bien vale lo que cueste, siempre que no cueste más de lo que vale. En esa línea, también podemos encontrar sitios perfectos, por algo menos de 100 euros.

Existen, sobre todo en las grandes ciudades, restaurantes de esos que antes llamaban “casas de comida”, auténticos especialistas en llenar el local a un precio mínimo, con una calidad máxima. Comer con menú cerrado es una opción ciertamente arriesgada, pero ni más ni menos que la de pedir platos con nombres de tres líneas. La cuestión es la misma: elegir bien el restaurante, saber dónde uno se mete. Siguiendo esa máxima, me dirigí hace unos días a la Ciudad Condal, que a mí me sigue cayendo genial, ella y sus gentes, qué le vamos a hacer. Y fui a saciar el hambre tras uno de esos tortuosos viajes en el Euromed (o Euromerd). Un restaurante cerca de la Estación de Sants era el objetivo. Llegado al punto elegido para repostar, encontré una situación clásica por repetida, aunque siempre sorprendente. Ese momento que se produce cuando al entrar en un restaurante el personal te transmite todo tipo de señales de que lo que quiere es… que te vayas.

Que desaparezcas. Ni saludo inicial ni saludo de despedida ni ninguna otra palabra distinta de “pregunte a mi compañero” y “no hay mesa”. No diré el local al que me refiero, porque, con su permiso, prefiero darle otra oportunidad. Ante este panorama, famélico, algo cabreado, con dolor de pies y de ánimo, dirigime a la opción b. Siempre fui hombre de suerte, y las más de las veces en mi vida las cosas terribles que me han pasado han servido de mucho y bueno a medio o largo plazo. Enfilé pues mis pasos a la calle Comtes de Bell-Lloc, al Asador de Lugo, junto a la estación, donde ya me temía trato similar. Así, nada más llegar, dejé claro que no iba a aguantar más mal trato ni demora en la atención de mi persona. Faltaría más. Pero… en cuanto entré se activó la sinfonía hostelera que siempre añoro y que nunca entenderé cómo no se aplica en todos los locales, habida cuenta de que es gratis total. Saludos al entrar, interés por saber el motivo de mi visita, si éramos muchos o pocos para comer… Antes de seguir, aclaro raudo que ambos sitios son amplios y estaban de bote en bote.

Totalmente llenos de gente. Buena parte de lo que ofrece un restaurante, lo que le otorga la diferenciación entre un sitio donde sentirte bien o todo lo contario, es gratis. Cocinar bien cuesta lo mismo que cocinar mal. Atender con sicología y respeto consume la misma luz y alquiler de local que entrevistar al clieno que ha de hacer que un local dispare el precio o no es básicamente los gastos que el local tenga, la fama y las forma de hacerse rico que haya elegido el dueño. Puede uno ser excelso en el servicio, la materia prima y la cocina por 10 euros el menú o por 100, dependiendo luego del arte especial que le pongas a los platos, la enjundia del local, su fama… pero, como digo, mucho de lo básico es gratis. Por eso nunca entenderé como no lo aplican en más sitios. Cosas como, por ejemplo, sonreír. Deberíamos grabarnos a fuego el dicho chino ese de “un hombre sin una sonrisa no debe abrir una tienda”.

A lo que íbamos, el menú del día del Asador de Lugo, que ofrece también otras viandas de concreto y rotundo atractivo, cuesta 11 euros, en Barcelona, donde me consta que el nivel de vida es de los más caros. Incluye dos platos, postre y bebida. Lo curioso no es esa oferta, lo destacable es que aplica todo lo anteriormente enumerado. Todas esas cosas que son tan diferenciadoras como gratuitas. Una sopa juliana hecha con un acierto que sólo puede emanar del cariño, dos cortes de cordero deliciosamente tierno (sí, también sé ponerme cursi), más el postre, una cuajada casera de las de desgastar el cuenco con la cuchara. Si a esto se le suma un servicio impecable, preciso como un reloj suizo, concluimos que hemos adquirido algo que nos ha hecho descansar y disfrutar mientras nos quitábamos el hambre, además de cambiar el cabreo por una sonrisa, todo ello por 12,40 euros, porque el buen rollo nos llevó a tirarnos al gasto y pedir un cortado.

Que se fastidie el dinero.
Volveré seguro.

Por Paco Prado