Seamos atrevidos y cambiemos las botas por las chanclas, la bufanda por el pareo y el gorro por la pamela que nos proteja del sol. También podemos sustituir, sin ánimo de ofender a nadie, a la familia y el hogar por una manada de leones y la selva, y los villancicos por el barruntar de los elefantes. La cuestión es atreverse y acercarse a zonas más cálidas donde las Navidades no son blancas, pero pueden ser igual de especiales. Además, hay quien odia el frío y pasear encogido, para ustedes, los que aman el calor les ofrecemos cinco escapadas al solecito y qué viva la Navidad, por qué no, a brindis de caipiriña.

Cuba

A pesar de que la Navidad estuvo prohibida durante muchos años, el espíritu navideño está muy arraigado entre los cubanos y es una de las épocas más alegres en este país caribeño. Es que los cubanos rara vez celebran en silencio y cuanto mayor el motivo, cuanta mayor la alegría, más alta se pondrá la música. El 31 es, por tanto, en Cuba, de todo menos silencioso. Los barrios cubanos en la última noche del año se caracterizan por la sana competencia entre las músicas de los vecinos que quieren ponerle banda sonora al fin de ciclo. Además, a lo largo de 588 kilómetros de costa, Cuba ofrece a los amantes del sol más de 300 playas naturales únicas por las diversas tonalidades de sus arenas, que se funden con las tranquilas aguas turquesas.

Perú

Puede parecer descabellado, pero ¿por qué no presenciar unas navidades amazónicas, por ejemplo, en la selva peruana? Tampoco aquí encontrará la bucólica estampa de la nieve, pero aguardan otras muchas cosas interesantes. Y es que el sincretismo de la tradición mestiza e indígena, con su dosis de simbolismo católico, se traduce por estos lugares en belenes elaborados con hojas de plátano, cenas a base de gallina con patacones y yuca, y brindis, claro, con elixires tan exóticos como el masato, el camu o la aguajina.

Kenia

El sueño del auténtico viajero, del verdadero trotamundos, es pasar una original Navidad en la inmensidad de la sabana, rodeado de fauna salvaje. Kenia, por ejemplo, aunque también podría ser en Tanzania o en algún pliegue de Sudáfrica. Bien duerma en un lodge exquisitoo en una tienda de campaña, la aventura será máxima. No hallará nieve, ni purpurina, ni matasuegras, ni cotillón. Ni siquiera escuchará las campanadas. Pero a cambio, será presa de unos atardeceres de escándalo y de un silencio fascinante, rasgado sólo por el silbido de la hiena o el rugido del león.

Brasil

Nada de la parafernalia de la corbata y el vestido de gala. Y ni mucho menos del abrigo. La Navidad en Brasil pasa por tostarse al sol, beber muchas caipiriñas y desencajar las caderas al frenético ritmo de la samba. La música suena más alta que nunca a lo largo de Ipanema y Copacabana. La alegría explota más si cabe en estas fechas. Especialmente en fin de año, como en Cuba, donde de nada sirve tampoco el atuendo elegante: la regla en esta fiesta, ya se sabe, es ir vestido de blanco y con ropa ligera. Sólo así se alcanza esa comunión con el mar que, dicen, proporciona buena suerte. No faltan ritos como saltar por encima de siete olas o pedir un deseo mientras se lazan flores al agua, para después continuar bailando. La temperatura media en diciembre y enero se mantiene entorno a los 27º.

Australia

Todo es cambiar de hemisferio y hallarse, de repente, en verano. Y si además el destino elegido está, literalmente, en las Antípodas, las navidades prometen tener ese algo de la lejanía que las convertirá en especiales. Pongamos que hablamos dentro de Australia, de Sidney, una opción estupenda con su perfecto mix de sofisticación urbana y playas atestadas de surfistas. Aquí los escaparates se engalanan de luces y de papás Noel en bikini. Además, la nochevieja de esta ciudad australiana, que madruga diez horas para recibir el nuevo año, es de las más codiciadas del mundo. Y no tanto por sus prohibitivas cenas en hoteles y restaurantes, como por la fiesta que se vive al aire libre. A los pies de acantilados o con vistas al océano se asiste al espectáculo pirotécnico de Harbour Bridge, visible desde cualquier rincón.

Por G.Peñalver