Si hay algo que le pido al 2018, con permiso de la salud, es constancia. De verdad creo que el mayor reto es lograr ser constante sobre el tiempo. Correr un día por la mañana es fácil, pero lo que es realmente difícil es correr día tras día, mes tras mes. Cenar una ensalada de verduras, se vuelve simple la primera noche, lo difícil es cenar saludable día tras día, mes tras mes. Terminar las tareas pendientes es fácil un día, lo complicado es estar enfocado y productivo día tras día, mes tras mes. Suena a mantra y a martillo pilón como diría mi madre, pero qué fácil es decirnos: venga hoy como excepción pedimos pizza o… ufffff qué frío hace me quedo en la camita y mañana corro un poquito más. Y entonces la constancia se aleja un poquito más, con lo bien que íbamos…

Admiro profundamente cuando por las mañanas bien prontito me cruzo con los mismos vecinos que vienen de correr, siempre les ofrezco mi mejor sonrisa y un buenos días vigoroso para mostrarles mi más profunda admiración. Y eso que he tenido un buen maestro desde pequeñita, mi padre, que antes de que nadie en mi familia se hubiera levantado el ya venía de correr por la huerta, lloviera, helara o apretara ya el sol. Por aquel entonces en mi interior pensaba en que un poco loco sí que estaba, ahora pienso que qué lástima no haber heredado de él esa constancia de rutina deportiva al alba. Lo que hace la edad, ¿verdad?

Y es que todos sabemos a ciencia cierta que la constancia es casi siempre la única que nos genera los resultados que realmente queremos. Nadie tiene duda de que hacer algo de forma consistente es un arma poderosa y además, es el único camino (solo de ida) para lograr formar hábitos, esos que se adquieren por la repetición constante sobre el tiempo y se vuelven permanentes. Y entonces aquí viene la parte más frustrante: ¿por qué no logramos ser más constantes? La verdad, y siento decepcionarles, no tengo ni idea, por eso en este alarde de reflexión de final de año me vuelvo a proponer aliarme con la constancia y por lo menos seguir sonriéndoles a mis vecinos.

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Por G. Peñalver