Enumerábamos en nuestro anterior número de Bonus algunos de los aspectos mejorables de los restaurantes. Un listado amplio, con el que muchos lectores nos han dicho que están más que de acuerdo. Cuando el artículo estaba listo, antes de publicarlo, comenté con unos colegas, reputados críticos gastronómicos del diario Levante, el artículo en cuestión.
Precisamente estábamos, cómo no, comiendo. “Me parece bien –me dijeron- pero siempre que no olvides los malos comportamientos de los clientes”. Esto es como aquello de “a que no hay huevos”. Pues eso. Ahí les va.
Antes de nada, hay que indicar, subrayar y poner en mayúsculas que si hay un comportamiento inadecuado de los clientes en un restaurante es, indudablemente, culpa del restaurante. Pocas o ninguna vez veremos a los responsables del local llamando la atención a los clientes con mejorable comportamiento. El restaurante, puede pensar que no es tema suyo que el de la mesa de al lado esté gritando sin parar. Pero yo no volveré, por muy buena que sea la comida y el servicio.

1. Gritar como si estuvieras solo. 
Está aceptado como algo muy español, eso de hablar en alto. A algunos hasta les parece entrañable, casi patriótico. Para todos los extranjeros y para muchos de aquí es sencillamente insoportable. Además es contagioso. En un acto de pura defensa y supervivencia, si tú levantas la voz… yo no tengo más remedio que hacer lo mismo. Pero a ti te da igual si yo estoy pidiendo matrimonio o hablando de fútbol. Lo que te importa es que todo el mundo se entere de tus cosas que son, por supuesto, las más importantes del mundo.

2. Celebrar con todo el salón.
Es tu cumpleaños y punto. Todos al restaurante. A todo el restaurante. Puedes reservar una o dos o tres mesas del salón, pero lo tuyo inunda toda la estancia. Las luces se apagan para mayor gloria de tu tartita, cuando yo estoy mirando el menú. Todos cantan mientras estoy intentando romper con ella. Tus horribles regalos me importarían nada si no fuera porque exiges que todos los comensales miren al original grito de “que se lo ponga que se lo ponga”. Si quieres celebrar, me parece muy santo y muy sabio, pero paga lo que consumes, es decir, todo el restaurante y todos mis nervios. O contrata un salón privado. O hazlo en casa.

3. Creer que tus niños son de todos.
Las gracias de tus hijos son para ti. Sus carantoñas. Sus besitos y eso. A cambio te dan algún ruido de vez en cuando. Compartir con el resto del comedor sus borriquerías, cuando no somos partícipes de sus gracietas… como que no. Llegar al restaurante y “soltar” a los cabezones para que campen a sus anchas por todo el territorio… es comodísimo para ti. Pero despierta en otros comensales cierto instinto asesino, que empezaría por matarte a ti el primero. Además, es imposible decirle al crío que deje de joder, sin arriesgarte a escuchar todo tipo de demagogias baratas de parte de sus teóricos cuidadores.

4. Llamar al camarero o camarera como si fuera tu perro.
Santiago Segura es el único que ha sacado provecho de la mala educación de algunos a la hora de llamar la atención del servicio. Cuenta el director que la saga Torrente se inició cuando contempló en un bar la forma que tenía el comensal de llamar a la camarera: “china… china… chinita…” Adorable. Eso de llamar al servicio chistando, chasqueando lo dedos, o con adjetivos como chico, rubia, nena, chaval… como que tampoco. Y, sobre todo… no tocar. ¿Qué demonios haces agarrando del brazo al camarero? Aunque no lo creas, todo el mundo sabe que no eres el rey del mambo. Menos tú.

5. Ser demasiado gracioso.
Apoyamos el sentido del humor. Al máximo. Pero igual no todo el mundo entiende tus geniales y muy agudas gracias. Eres la bomba de la fiesta, en la fiesta. Pero el servicio está trabajando. Quizás empezar por ser amable puede llevar, poco a poco, a ganarte su confianza, para llegar a la distensión y quizás, al final, a la broma. Empezar sacando toda tu inexistente vis cómica, puede ocasionar que le empieces cayendo como el culo a la persona por cuyas manos va a pasar lo que comas en las próximas dos horas. Piénsalo.

6. Ir de sumiller cuando no lo eres,
aunque nadie te lo diga. Si te sientas en la mesa con el espíritu crítico en modo avión, es decir, por las nubes, va a ser muy difícil que lo pases bien, muy difícil que trabajen a gusto en el restaurante y casi imposible que tus acompañantes disfruten. Vamos a ver, si no tienes ni idea de vino y te hacen probarlo… hazlo corto. No seas ridículo. No busques la forma de devolver la botella sea como sea para levantar la admiración de tu mujer o del ser querido que te sufra. Entender de vinos entienden cuatro. Es más que complicado. Haz la faena corta. No aburras leyendo la uva que tiene, el año, el origen, el olor, el tipo de barrica o analizando la lágrima. Si quieres ver la lágrima, mira la que estás produciendo, de risa, en quien te observe.

7. Invadir el espacio que no te corresponde.
Los hay con la costumbre de repantigarse de aquella manera, como si se hubieran caído del techo a la silla. Como si estuvieran en el sofá de casa. Nada que objetar, si no fuera porque los demás existen. Los de la mesa de al lado tienen derecho a su espacio vital. Vuelve a tu sitio, que llega un momento en el que nadie sabe si estás en tu mesa o en la de al lado.

8. Reservar y no aparecer.
Cada vez son más los restaurantes que cobran algo al reservar. De nuevo volvemos a pagar justos por cretinos. El daño que se puede hacer cuando se reserva y no se acude es inmenso. Tanto como para cargarse el beneficio de un duro día de trabajo. Asistí en una ocasión a una cena con un menú cerrado maridado con diversas bebidas. Era un evento preparado durante meses. El restaurante trajo para la ocasión trabajadores extras, incluido un sumiller del Bulli. El restaurante estaba lleno desde semanas antes. Se rechazaron muchas mesas. El día de la cena una mesa de diez no se presentó. Gracias a eso, todo ese trabajo y éxito no tuvo más cosecha que las pérdidas. ¿Lo entiendes?

9. Quedarte a vivir.
Eres un máquina, un tipo genial y en el restaurante te conocen y “te aprecian”, pero no como para que te quedes a vivir en la mesa. Se está muy ricamente con la sangre en el estómago peleando con el cochinillo, mientras los efectos del gin-tonic te hacen sentir el rey del mundo, rodeado de amigos a los que quieres un huevo. Pero hay gente pensando en ir a su casa un rato a descansar, antes de volver corriendo al montar las mesas para la cena. Si estás “tan a gustito”, al menos pregunta si puedes estar y hasta cuando… si no… a tu casa.

10. Gorronear chupitos.
Si tienes mucha confianza, puedes soltar aquello de “vale, no insistas, te aceptamos unos chupitos”. Si no, es mejor pedirlos sin más. Otro matiz a tener en cuenta es si se piden antes o después de pedir la cuenta. Si se hace después, es necesario disculparse y pedir la cuenta de esos chupitos. Generalmente el resultado suele ser el mismo: te invitan. Pero en la fórmula “graciosa” no dejas opción al camarero y eso no gusta a nadie. No abuses. Cuando te han cobrado bien cobrada la comida y dos rondas de chupitos y pides otra ronda que crees que deberían invitarte y no lo hacen, siempre tienes un as en la manga: usa el “método Torrente” y descuenta lo que te cobren de la propina que pensabas dejar. Negaré que he dicho esto. Como también negaré que quizás yo también haya caído en algunos de estos comportamientos.

Por Paco Prado