Odio la nostalgia, no puedo con ella, no sé si les ocurrirá lo mismo a ustedes y de verdad que siento ser tan radical, porque encima va y resulta que soy la típica madre que no para de decirles a sus hijas que no hay que odiar ni a nada ni a nadie, pero es que llevo unos días que los de mi alrededor no me lo ponen fácil y al final pues pasa lo que pasa… Sí, el verano se ha acabado, sí, ha llegado el otoño, sí, las vacaciones de la mayoría han quedado lejos, pero, venga, ¡por favor!, dejemos la nostalgia de lo que ya pasó para los cantautores y vamos a centrarnos en el minuto y resultado.
Me entenderán un poco más si les añado esta palabreja alemana a su vocabulario, “fernweh” (pasión por viajar), y que ya es el colmo, resulta que hay personas que padecen de forma extrema esta palabra, es decir, desde el punto de vista psicológico, sienten nostalgia por un lugar en el que nunca han estado y tristeza por estar en casa, necesitan viajar sin parar. Yo lo que creo es que muchas veces sentir nostalgia es una excusa para mirar para otro lado y no afrontar lo que tenemos delante, así es que a lo que vamos: Bienvenidos al otoño, al ahora.
Y es que, pese a su leyenda negra, el otoño es esa estación que parece destinada a traernos todos los cambios importantes, todos los propósitos de un nuevo curso que empieza imparable y que seguro llegará lleno de buenas noticias. Por eso hay cosas de otoño que hay que hacer ahora, cuando cambia la paleta cromática y cada atardecer parece un regalo de Van Gogh. Alguien me dijo que los paisajes otoñales son el resultado de la naturaleza y del olvido del hombre. Cualquiera de los cinco que les proponemos desde estas páginas de Bonus hará que cambie de idea.
Y si después de todo, no puede soportar estar en casa mucho tiempo, pues no se ponga barreras, y en vez de dejarse machacar por la dichosa nostalgia y el “fernweh”, a lo mejor, lo único que necesita es una escapada, por ejemplo a una ciudad como Zaragoza con tanto que ofrecer y que en nada vivirá sus fiestas grandes.

El verano acabó, lo sé, pero la vida no ¿lo sabe?

Por G. Peñalver